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sábado, 18 de septiembre de 2010

Mira... Carlos Augusto León



Mira las nubes
quien no mire las nubes
no sabrá mirar hacia lo alto.

Mira el horizonte
quien no lo mire
no sabrá mirar hacia lo lejos.

Mira los árboles, las flores
aquel que no lo haga
no sabrá mirar hacia su alrededor
Mira los hombres
porque quien no lo mire
nunca podrá contemplarse a sí mismo.

Carlos Augusto León

viernes, 11 de junio de 2010

Monumento a la Ternura - Carlos Augusto León


El monumento a la ternura no alcanza a un milímetro de alto, apenas tiene talla de un micrón. Pero lo contiene todo, como el beso, como la semilla, como la molécula del ácido desoxirribonucléico en donde están las huellas de padres y abuelos y los rasgos, el color de los ojos y todo cuanto ha de ser el hombre futuro.

Su cimiento es la sonrisa de un niño, punto de apoyo único, semejante al pie de una danzarina que sólo sobre él hace gravitar su cuerpo.

Formas de seno de mujer se entreven, en medio de una brillante sutil maraña que se eleva en la inusitada pero no deslumbrante claridad; en su red aparecen colores tenues, las primeras luces del alba, ciertos resplandores indecisos y últimos del ocaso, mas también algunas frutas, duraznos de suave bello, fresas maduras, las unas dulces a la vista, otras al paladar y también cantos de pájaros, finos gorjeos, trinos frágiles, sureo de torcaces. En la tierna maraña que se eleva hay palabras que se engarzan, las más suaves, aquellas que el hombre ha creado en milenios de amor sobre la tierra y que han venido decantándose, depurándose, hasta ser breves, magníficas, palabras en voz baja y soledad de hombre y mujer, en diálogo nutricio de madre y su niño reciente, de padre con el niño, de abuelo y abuela conmovidos, palabras sólo muy contadas, sólo las necesarias, como las que de pronto humedecen los ojos del hombre, del amigo, en medio a la faena, en medio al diario agitado vivir.

En el monumento, minimento, a la ternura están todos los animales y hombres que acaban de nacer, por cuya piel de becerro pasa una y otra vez la lengua de la vaca, por cuya cabeza de osezno pasa una y otra vez la lengua de la osa, por cuyas patas de perrito, de conejito, pasa y va y viene la lengua de la perra, de la coneja maternales; por cuya piel de niño retozan los besos de la madre.

Y al acercarse a este monumento -minimento- de la ternura, se escucha el correr de muchos arroyuelos, cuyos ruidos no se unen en tormenta sino siguen dispersos en campanilleo brillante que no llega a hacerse ingrato. Y el aire, en torno, tiene la suavidad de los capullos, de la piel de los muslos -de la cara interior de los muslos- en una muchacha adolescente, la suave piel de los recién nacidos, la que aún en el hombre sigue siendo suave en algunos recodos del cuerpo.

Y al acercarse al monumento de la ternura, todo ser, todo hombre comprende que no hay en el Cosmos nada comparable a ella, ni en los astros más remotos, galaxias desconocidas, ni aquí en la alcoba de cada uno y la ternura es sentida por todos como la suprema razón de ser, sin la cual la vida, toda la vida, sería apenas la mitad de sí misma, la diesmillonésima parte de sí misma.

Carlos Augusto León


lunes, 17 de marzo de 2008

PROPAGANDA - Carlos Augusto León


Me dejaría tatuar en el brazo
como un marino cualquiera
el nombre de la amada

y hasta un corazón
atravezado por una flecha
si ella me lo pidiese.
No he tenido inconveniente
en repetir su nombre
muchas veces, en tonos diferentes
y aprender de memoria
todos los matices de su piel,
su risa y su manera de hablar.

Pero desde niño
me han querido tatuar en la mente
nombres innumerables
de zapatos, de trajes, de autos,
de pastillas para dormir
y cremas dentríficas,
de bancos, de funerarias,
de cigarrilos y refrescos
y de las ideas que dicen tener
los fabricanters de neumáticos,
de cosméticos y de guerras.
Me canso de oírlos.
Me rebelo.
Pero están en las paredes, en el aire,
en el día y la noche de un mundo
infestado de grandes y pequeños buhoneros
más que de zancudos y mosquitos.
¡Qué hermoso sería conocer
todos los nombres de los árboles
uno a uno
que nadie me ha enseñado,
de cada animal que corre, nada, vuela,
en vez de innumerables artefactos
que a diario me ofrecen en venta,
en verdad intentando comprarme!
Sólo me consuela pensar
que no me han ganado,
que más allá de todos ellos
es mío y de los míos todavía el pensamiento
y mi corazón pertenece
sólo a quien quiero,
a los pájaros, a las chicharras,
que cantan en este mes de mayo,
a nuestros perros, al venado,
a los peces que llenan el mar,
a las graciosas espigas
y sobre todo a mis amigos,
a mi amada, a los hijos y alos nietos,
es decir, sobre todo al Hombre

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