Es hora de que el mejor postor no compre más mierda y que el impostor no sea tan desenmascarado, que el aprtido no está partido, que la camisa de Bolívar aparezca para que no haya más desacamisados en estas tierras de Dios, de la iglesia y de los terratenientes, que el aguantador sea capturado, que a la voz del pueblo le den volumen.
Porque ya en nada nos importa en qué vuelta se echa el perro ni cuando el pez bebe agua, que la carrera del cab ello aparezca en el GPS, que el canto del gallo no sea tan temprano ni su amor tan rápido, que el agua no transcurra por un instante para bañarnos dos veces en el mismo río que da la vuelta, que devuelvan también la risa de la vaca, ni que muera quien mato la gallina de los huevos de oro, ni diente por diente ni talón de Aquiles, ni en casa de herrero cuchillo de palo, porque el que está dentro de este país es el que siente, porque el cargador de la maleta es el que sabe cuanto pesa.
Que nadie se caiga a mentira porque a nadie le quitan lo bailao, que no es un cuento chino, que dios no nos agarre para nada y menos confesados, porque no pagaremos el recibo de la luz de tu mirada, porque no cargaremos ni a coñazos otra cruz, ni nos calaremos más los judas, Pretones, Evas ni culebras, ni diezmos, ni a César, ni las indecisiones de Pilatos.
Que no nos pinten más pajaritos en el aire ni preñaos, ni que el reino está en otro mundo, ni publicidad política fraudulenta, ni medios de comunicación sin radio bemba, porque de nada le sirvió a Hitler el mundial de propaganda, a Grecia la sabiduría dominante y las guerras ganadas para llegar igual al caos más ignorante, ni a la URSS tomar el camino más largo para llegar al capitalismo.
Porque tenemos mucho que perder. Porque no hay otro reloj para este tiempo. Porque ha llegado la hora: la del sol y la de la luna, la de la sombra y el latido, la de la arena, la de la intuición y el deja vú. La hora del juicio final a todos los quebrantos, a todos los dolores, a la impotencia, a la desidia, a la burla histórica, a la impune emboscada en Berruecos y a la ensordecedora bala que el 10 de enero de 1860 derribó el cuerpo del general de hombres libres.
En nombre de los que pintaron con sangre el color de las banderas, los que no vacilaron heredar el coraje y el brillo de su gloria para avivar la fortaleza de la lucha en las nuevas generaciones, hasta develar finalmente la cara hermosa de la patria, en lo más ascendente del camino de lo que enunciaron como la bella utopía.
Y honrar, a todos los que nunca araron vanamente el mar, al ser de las dificultades, al que abandonó tranquilidad, nobleza y fortuna y todos los prestigios, el de los sacrificios más terribles, al infatigable de las luces y la moral, del jabón y de las velas al decir del maetro, al delirante de la palabra altitud, al enfático, al de la sed insaciable de la libertad, al de los molinos de viento de América, al que dejó en lágrimas a losgenerales más ventisqueros con su ida eventual, al que la fortuna no tentó ni la desgracia doblegó, al que enamorado del amor murió solo de su presencia como el último poeta, al filosofo de los desesperados quien alegró al mundo con su pasión ilimitada, desinterés y desprendimiento con la gloria del bien, demostrando como se ejecuta lo imposible, quien sin corona siempre estuvo a la altura guerra a muerte, por encima de las conspiraciones y la traición.
Y honrar, el símbolo y la lírica, como la poesía sobre la nieve, al que soñaba en los esteros y emancipaba antes en los sueños, al perseverante de las resoluciones, al que vió la luz en la oscuridad dejando una estela de señales en la senda que abrían los astros, quien colocó ejrecitos en los desiertos y batallas de justicia y belleza en los hielos de la interperie, convencido de fundar el origen de las naciones más deslumbrantes con los materiales humanos de los descamisados y de los siglos.
Honrar, al que dejó impreso sin vacilar, sin dudas, sin pesimismo la más excelsa forma de culminar los días de la vida. Y dejar vivir todavía, eterna e inconclusa su más genuina ilusión que quedó en Panamá, y que continua como espada iluminada por el contacto de su incansable portento de avisor, recorriendo el espíritu de los caminos del Sur. Bajando y dejando su última propuesta unitaria, a cambio de la paz, con él en los epulcros.
Nos toca borrar entonces con la victoria de lo justo, la ignominia y la inclemencia en toda la piel mancillada de la tierra y para siempre, aquellas palabras que retumban en el helado invierno de los desolados como frío dorsal: "¡Vamonos, vamonos! porque esta gente no nos quiere muchachos." (*) Es ahora o ahora.
(*) Simón Bolívar.
Carlos Angulo
de "Entrevista con la Ausencia"




